3 de abril de 1998.
El Subsuelo del hospital donde trabajo desde 1983, tiene la función de comunicar las salas y de llevar en su interior la estructura que provee de energía a todo el nosocomio. Si bien la oscuridad no nos permite ver las paredes manchadas y llenas de humedad, esas cosas se perciben en su aire espeso y en las suelas de nuestros zapatos que quieren pegarse en el piso.
Solo de vez en cuando, se interrumpe el silencio mediante el ruido monótono de una carreta de mano de alguien que lleva insumos de enfermería a las diferentes salas o de otro llevando ropa de cama para el lavadero. El silbido melancólico del policía que está de recorrida se mezcla también, con el ruido del motor de la bomba de agua o con los ascensores que permanentemente están en movimiento.
Si miramos hacia arriba, vemos amurados al techo de estos pasillos, una cantidad infinita de caños, crucetas, codos y cables.
Comencé a involucrarme con este lugar. Decidí entonces mostrarlo. Tenía que conseguir que ese futuro espectador imaginario, “oliera” la atmósfera aquí reinante. La propuesta comenzaba recién a gestarse, si bien tenía claro que mostrando un sitio oscuro y de difícil acceso, estaba hablando, entre otras cosas, de la clandestinidad. También se mezclaban otras imágenes que aparecían como fantasmas por todos lados y enriquecían la propuesta dándole infinitas lecturas.
El primer boceto que recuerdo como valedero fue el que después más tarde le dio el nombre al trabajo, porque curiosamente se parecía al vientre de una mujer embarazada y hasta se podría decir que el caño que salía de su “ombligo”, nos remitía al cordón umbilical; tal como me lo dijo una enfermera de terapia cuando le mostré el dibujo que estaba realizando.
La tela ya pintada era un cuadrado de 1,50m de lado y aunque el resultado me pareció muy acertado, ésta no transmitía realmente el espíritu del lugar; por eso fue preciso hacerla crecer para que el espectador al acercarse, se viera envuelto por ella, fagocitado por esa maraña de caños y artefactos extraños. Que sintiera que era un lugar propicio para esconderse. Resolví entonces trabajar con tamaños reales, y continué con las mismas medidas del primero, ya que era impensable poder realizar este gran “mural” en un solo lienzo. Así fue que realicé trece cuadros, que como piezas de un rompecabezas, fueron armando la escena. Otros cinco bastidores monocromáticos estaban repartidos por el mural, tapando en ciertos sectores, a ese entripado metálico que contiene y canaliza los flujos urbanos.
La obra completa mide 16 metros de largo por 3 metros de alto, y el dibujo se va comunicando de cuadro en cuadro formando uno solo.
Elegí para exponer, la sala para muestras con la que cuenta la Biblioteca Argentina “Dr. Juan Álvarez” de Rosario por dos motivos: sus dimensiones encajaban con la propuesta y cuenta con un público heterogéneo y desinhibido.
Armarla, fue todo un desafío, ya que podía no resultar lo que había pensado. Tuve la ayuda de Juan Fidececci, un gran amigo, con el cual conté para su instalación. Empezamos poniendo todas las piezas boca abajo, unidas por detrás con tornillos. Así, la convertimos en un gran y único bloque en el suelo.
Aprovechamos que en la sala había jóvenes que estaban estudiando, y que además participaron de algún modo de esta jornada, para pedirles que nos ayudaran a levantar la mole. Recuerdo que éramos seis y a la orden de: -un dos tres, arriba!– levantamos este gigante que se movía haciendo eses. Por momentos pensé que se quebraba. Parecía un dragón chino. Nosotros abajo tratando de contenerlo hasta que pasara el cimbronazo del primer envión.
Una vez que todo se tranquilizó lo apoyamos contra la pared, nos alejamos unos pasos para poder verlo… y fue mágico. Estaba Federico, mi sobrino, sacando fotos. Hubo un gran silencio, parecía la piel de un animal gigantesco. Por momentos parecía moverse y eso no nos permitía relajarnos por temor a que se cayera. Sin esperar más comenzamos a asegurarlo.
Cuando al fin terminamos, apoyé sobre el mural en el borde derecho, una bicicleta real (la que utilizo para ir a trabajar todas las mañanas) y esto generó una situación sorprendente, se mezclaban diferentes dimensiones, ocasionando desconcierto. Aquí al cuerpo ausente lo “pongo” en un lugar, le doy un espacio donde el espectador intenta buscarlo detrás de ese entramado oscuro que nos invita a esconder.
En el borde izquierdo del mural, coloqué bolsas negras conteniendo basura, que hablan también de la ausencia. Los dos elementos juegan con ese concepto. El hombre, sus deshechos y su medio de movilidad que nos van contando la historia y la hilvanan. Con los objetos reales quise alejarme del clásico mural y crear un clima diferente.
Meterme en el espacio.
En el catálogo de la muestra recuerdo que jugué con las palabras: “pintura-instalada, instalación-pintada”, para referirme a la técnica que había utilizado y de la manera en que pensaba mostrarlo.
Fernando Traverso
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