Acerca de Fernando Traverso
No hagan bandera
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Categoría: Trabajos Realizados

Mediodía del sábado 24 de abril de 2004.

A las 14 horas, comenzaría la acción en la explanada del Museo Castagnino de Rosario. La propuesta era “estampar bicicletas”; tomar esas trescientas cincuenta siluetas que desde hace tres años estoy pintando por las paredes de mi ciudad y transformarlas ahora en “banderas”. Buscarles, a esas bicis abandonadas por las esquinas, un refugio donde seguramente les darán asilo y las “alimentarán”.
 
Esos “trapos” que fueron traídos por la gente guardaban, algunos de ellos, una historia que se asomaba detrás de una mancha, de un remiendo o de alguna rasgadura. Hoy le incorporaremos una marca más,  para completar ese circulo que contiene lo individual y lo colectivo.

La sala que utilicé en el  museo, para realizar esta “muestra”, estaba vacía; solo en una de sus paredes podíamos ver colocadas con perfecta simetría, trescientos cincuenta fotos pequeñas, una al lado de la otra, formando un rectángulo de cinco metros de largo por dos metros de alto. Al acercarnos para distinguir lo que contenía ese damero multicolor, veíamos en detalle el registro de las trescientos cincuenta  paredes de Rosario intervenidas.

La primera bandera, que realicé ese sábado, fue una sábana blanca de lino muy pesada. La dueña me contó que había sido bordada por su abuela. Otro trajo un poncho de vicuña, muy gastado, que también guardaba una historia; aparecieron también las banderas de clubes de fútbol. Juan, llevó una tela roja y me confesó que la dejaría en el santuario del Gauchito Gil, porque le había hecho una promesa. Tomó una foto para registrar ese momento, que me obsequió.

Otra tarde, una maestra se acercó, con todo el curso. Habían traído varias telas y una de ellas, dijeron, estaba destinada a ser colgarla en el salón de clases.  Estaba lloviendo, y los chicos se amontonaron detrás de mí poniéndose al resguardo y llenándome de preguntas mientras realizábamos las banderas.

Hacia el final de la tarde, estaba descansando en la escalinata del museo, cuando veo que viene hacia mí un hombre  robusto y decidido. Fue entonces cuando pensé  que ya había lavado todas las herramientas y que por lo tanto no podía hacerle una bandera. Pero no era eso lo que el quería, porque de pronto me veo envuelto en un abrazo fraternal e inesperado. En ese momento  me llamó por mi  seudónimo, uno que hacía tiempo ya nadie usaba.  Miré sus ojos llenos de lágrimas y entonces me di cuenta…

Estaba frente al “Rulo”, al que yo creía desaparecido. Luego de charlar largo rato supe que él también había imaginado para mi el mismo destino. –“Cada vez que venía a Rosario,  pasaba por tu casa”-  me dijo-  y como nunca  veía a nadie, pensé…

Al día siguiente esas banderas, que realizamos durante la primera jornada, empezaron a poblar la sala. Decidí colgarlas por orden de llegada. No podía pasar desapercibido que se trataba de una construcción colectiva.

Dentro del recinto había una escalera con la que se realizaba el montaje; quedó  ahí como señal de que el trabajo continuaría, que lo estábamos armando entre todos. Fue maravilloso ver como día a día se iban poblando las paredes. Si bien el objetivo fue el realizar trescientas cincuenta banderas, para que dialoguen con sus pares “callejeras”, ese número se concretó ampliamente, ya que la última bandera fue la cuatrocientos siete.

Silvana Perea, la chica del quiosco del Hospital donde todos los días compro bizcochos para compartir con mis compañeros de oficina, me sorprendió una mañana entregándome un álbum de fotografías que había tomado dentro de la sala a todas las banderas.
Debo agradecer, por otro lado, a la lista interminable de amigos que se sumaron a la propuesta y que trabajaron a la par.

La noche del cierre de la muestra, la consigna era que la gente viniera a llevarse su bandera. Que estuviesen mezcladas dificultó su búsqueda, generando un momento mágico, porque todo comenzó a moverse. Las telas estaban enganchadas a la pared por un pequeño broche. Cuando alguien encontraba su bandera, tiraba un poco de ella y ésta caía en sus manos.

Muy lejos de lo que significan por lo general los cierres, éste, realmente, fue una fiesta.

Me llegó la primera foto.

A cada uno de los participantes les entregué una pequeña esquela comentándoles mi inquietud sobre el destino de estas “banderas”; por eso les pedí  que me enviaran, por correo electrónico o postal, una fotografía de ellas, para así poder, luego, contar por donde andan.

Una tarde tocan el timbre de mi casa. Es un señor que me extiende un sobre cerrado y me dice: -Aquí tiene su pedido, le traigo la foto de nuestra bandera– Oscar, es decorador de vidrieras y está colocando la bici entre los maniquíes y las zapatillas.

Fernando Traverso

Última modificación el sábado, 12 de mayo de 2007 a las 19:28:14
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